La incomodidad en el yoga: should I stay or should I go?

A lo largo de nuestra vida pasamos por muchísimas situaciones de incomodidad. Por ejemplo, cuando nos damos cuenta de que dijimos o hicimos una pavada, cuando (nos) dicen o hacen una pavada, cuando nos sentimos mal físicamente, o más gravemente cuando se enferma o muere un ser querido. Lo que está pasando no nos gusta y quisiéramos que fuera de otra manera, y la verdad es que cuando podemos buscamos escaparnos de la incomodidad.

Cuando llegamos a la práctica de yoga tenemos diferentes expectativas. Queremos relajarnos y bajar el estrés. Queremos volvernos fuertes y flexibles. Queremos sentirnos mejor.

No nos gusta cuando las cosas no son como esperábamos. La práctica es un gran desafío, es exigente para el cuerpo y para la mente. Para el cuerpo porque trabajamos la fuerza, la flexibilidad. Para la mente, porque nos pide atención constante, con una mente abierta y relajada. Al practicar solemos encontrarnos con que no somos tan fuertes como (creemos que) nos pide la práctica, ni tan flexibles, ni podemos movernos como deseamos, ni estar tan atentos. Y mucho, mucho menos, podemos practicar sin juzgar (o sea, ¡nada de mente abierta y relajada!). En la práctica de yoga, como en la vida, aparece una y otra vez la incomodidad.

Estando incómoda con lo incómodo

Durante los primeros años de mi práctica de Yoga todas las posturas de equilibrio eran imposibles para mí. Quería poder hacer la postura, permanecer, estar cómoda. Pero lo que sucedía era que cada vez que mi maestra proponía un ejercicio de equilibrio, yo la pasaba mal. Lo único que quería era pasar al ejercicio siguiente. Practicar “bien” para mí hubiera sido poder permanecer en equilibrio con la mente relajada; lo que me pasaba era, pensaba, un triste fracaso.

En la práctica de yoga muchas veces nos evalúan y nos evaluamos de acuerdo a la destreza con que hacemos los ejercicios. Y cada vez que no podemos seguir la instrucción, cada vez que no creemos estar a la altura de las proezas que querríamos poder hacer, nos quedamos atrapados en la idea de que la forma es lo importante. También nos frustramos cuando no progresamos al ritmo que pensamos que deberíamos avanzar. Entonces nos juzgamos: “soy débil”, “estoy dura”, “nunca voy a lograr hacer esta postura”, “hace años que practico y no logro estar en equilibrio”, “¡qué desastre que soy!”. Comenzamos a practicar yoga para sentirnos mejor y terminamos sintiéndonos peor.

Tomamos estos pensamientos y emociones como la realidad, y como esta realidad no nos gusta la queremos cambiar.

Lo que sucede es que estamos incómodos con lo que hay. ¿Por qué no podemos estar con la incomodidad? Porque nos sentimos amenazades y se activa en nosotros la primitiva reacción de lucha o huida. Las respuestas habituales entonces son:

* Luchar: intentar ir hacia donde creo que debería estar sin importar las consecuencias, empujando hacia donde quiero llegar con el cuerpo sin importar mi posibilidad de hoy. Por este camino probablemente, a la larga, terminemos lastimados.

* Huir: ante la dificultad y la incomodidad queremos irnos del ejercicio, abandonar, esperar al ejercicio siguiente (y darme por perdida, como yo en los equilibrios).

Esto que nos pasa en los ejercicios de yoga es lo mismo que nos pasa en la vida. Cuando algo no nos gusta tendemos a huir o a luchar, y en general no obtenemos buenos resultados.

Estando cómoda con lo incómodo

Las dos opciones anteriores nos separan de la experiencia de lo que es. En los dos casos nos perdemos la oportunidad de estar con la incomodidad y aprender de ella.

¿Por qué tengo que desarmar una postura cuando estoy un poco incómoda? ¿A quién le importa si puedo estar en equilibrio un cierto tiempo? ¿A quién le importa si no soy tan flexible? ¿Qué sentimientos surgen cuando “no puedo”? ¿Qué es lo que me pone incómoda?

La alternativa que propone el yoga para permanecer con la incomodidad sin luchar es la atención con compasión: aprender a observar lo que nos va pasando sin intervenir, sin modificar nada. Puede ser la molestia del cuerpo. Pueden ser pensamientos que van surgiendo. Pueden ser emociones que vamos sintiendo. Cuando vamos sabiendo que todo eso (pensamientos, emociones, incomodidad física) es transitorio, aparece la comodidad en la incomodidad. La compasión es recordar no juzgarnos a partir de las ideas de nuestra mente respecto de qué o cómo deberíamos esta o ser.

Practicar yoga de esta manera va entrenando la mente para poder estar con lo que es, con atención y con compasión. El yoga propone el auto-descubrimiento: saber qué cosas nos incomodan, entender por qué no podemos permanecer en la incomodidad. A la vez, vamos pudiendo modificar estos hábitos como parte del proceso de transformación al que nos lleva el yoga. Al igual que durante la práctica, la atención y la compasión pueden guiarnos y ayudarnos a encontrar (un poco de) paz en medio de las dificultades de la vida.

*** Aclaración importante: estar incómoda en una postura no incluye sentir dolor físico. Es importante seguir las señales del cuerpo y no permanecer en una postura cuando sentimos dolor. El dolor es la señal que me manda cuerpo para avisar que no está buena para mí ese día esa postura, y permanecer allí puede llevar a lastimar el cuerpo. Esto mismo se aplica a situaciones fuera del cuerpo: parte del proceso consiste en aprender cuándo permanecer (porque quedarme en la incomodidad me trae conocimiento de mí misma) y cuándo es momento de salir de allí.

(Esta semana me preguntaron sobre cómo conjugar en la practica de yoga la incomodidad en una postura y el “respetar lo que me pasa”. Esta nota la escribí hace más de 2 años, un poquito retocada, es parte de la respuesta a esta pregunta.)

Martina Marré

Abril 2016 / Agosto 2018