Maternidad

Cuando me embaracé de mi primer hija venía practicando yoga hacía un poco más de 1 año. Llegué al yoga por el cuerpo: me interesaban las sensaciones físicas que me producía practicar. En esa época todavía estaba haciendo el doctorado en ciencias de la computación, hacía investigación en la Universidad y trabajaba como consultora para empresas. (Investigar sigue siendo una de las cosas que más me apasiona, pero ahora investigo sobre yoga.)

Mi hijita nació en junio de 1996. Me pasaron 2 cosas a la vez: fue lo mejor que me había sucedido en la vida, y todo lo que era yo hasta ese día se derrumbó. De un momento para el otro mi vida anterior había perdido sentido y no encontraba el sentido nuevo. Hubiera querido volver a sentirme segura como antes del parto, pero era imposible. La verdad, no estaba preparada para lo que me pasaba!

Mi prioridad pasó a ser mi niña: amarla, cuidarla y proveerle un espacio, una infancia, donde ella tuviera la posibilidad de ser feliz. Pero no entendía quién era yo, cuáles eran mis deseos, para que vivía, así que sentía una opresión y una falta de habilidad para lidiar con la situación tremendas. No se me ocurrió pedir ayuda. Era algo que no sabía hacer. Tenía una sensación muy clara de haber muerto y haber renacido, pero sin saber quién era esta persona nueva.

Así, gracias a mi hija, había empezado mi búsqueda espiritual.

Antes de ser madre creía que la felicidad era hacer lo que quería cuando quería con quien quería. Tener todo bajo control. Y resulta que un bebé en mi caso era todo lo contrario. Imposible mantener mínimo control de la situación. Imposible hacer lo que quería. Ni hablar de hacer las cosas de acuerdo a un horario. Y cuanto más me esforzaba por controlar la situación, más las cosas se torcían. O sea, eso del control ya no me funcionaba.

¿Qué hacer conmigo misma para que esto de la maternidad funcionara para mi niña y para mí? Era claro para mí que mi manera de lidiar con las situaciones nos traía dolor a las 2. Tuve que ir aprendiendo a soltar el control, a cambiar, a fluir. Durante esos primeros años la maternidad me puso cara a cara con mi necesidad de controlar, con mis limitaciones, con mis zonas oscuras. Y el yoga me dio energía y  herramientas para bucear en mí, conocerme, conectarme con mis emociones, soltar, transformarme.

Nació mi segundo hijo también en junio, justo 4 años después. Y en ese momento me di cuenta que yo realmente era otra. Esos cuatro años de maternidad y yoga me habían transformado muchísimo. Como parte de este proceso había empezado tímidamente a dar clases de yoga (aunque seguía trabajando en informática).

Después de 4 meses de licencia por maternidad volví a trabajar como consultora en informática. En realidad, fue solamente un intento. Di un curso durante 4 mañanas. Un curso para empresas que había estado preparando antes del parto. Debería haber sido un golazo. Pero resultó que no podía transitar ni una hora de esas clases. Esto fue lo que terminó de inclinar la balanza: dejé de trabajar en informática. El nacimiento de mi hijo le dio una vuelta más a mi camino.

Así, gracias a mi hijo, mi trabajo pasó a ser mi camino espiritual y la transmisión del yoga.

La verdad es que mis hijos me dieron vida espiritual. Y a la vez, mi camino espiritual me ayudó a criar a mis niños con conciencia y con amor.